¿LOS DERECHOS DE LOS COSMONAUTAS A LA DERIVA ESPACIAL?
Alfred Cachimba III es picapleitos subalterno de la
Asociación Escafandras Unidas y director de la publicación casi anual “Cohetes
y cuetes”.
“Que la emoción por contemplar la galaxia en pleno danzar
eterno, suspendido en el vacío, no te despiste de tener un ojo puesto para que
un satélite meteorológico no te lleve por delante”. Sabias palabras las que nos
regaló, a cambio de hotel, sábanas y empanadillas, el veterano cosmonauta Igor
Biruji en el último simposium Amiguitos de las Estrellas. Una profesión en la
que se unen el terror atávico a la oscuridad, las dudas que asaltan en cada
giro y la responsabilidad al atesorar
los conocimientos técnicos necesarios para mantener todos los mecanismos en
funcionamiento. Pero dejemos el tema de los electricistas en trenes de la bruja
para otra ocasión.
Las nuevas relaciones entre patrón y marinero han cambiado
para volver a ser como antes de antes. El panorama laboral internacional ha
llevado a la clase trabajadora a prescindir de tartera para el medio día, tan
presente está la incertidumbre. El negocio de los paseitos espaciales no ha
quedado ajeno. Su última víctima ha sido el experimentado cosmonauta Piero Paprika,
neozelandés afincado en las islas Solojamón. Elegido en el casting por su
desenvoltura en temas estelares, su habilidad al concer la capital del
Puyo-Puyo y el desfile en traje de baño, le fue otorgada la banda de segundo
astronauta de honor, además del título “Mister Sonrisa Dentríficos
Cometa”. Portando sus maletas repletas
de ilusión y dos babuchas de andar por nave, la misión a bordo del
transbordador Entrometido XVI iba a significar un punto de inflexión en su
vida. Pero, y he aquí ese punto por el cual usted seguirá leyendo y no se irá a
barrer las macetas, se le rompió la ilusión de tanto usarla.
“A mí me extrañó desde el primer momento que no me dejasen
tocar nada –relata un afectado Paprika – Tras mucho insistir me permitieron
limpiar el parabrisas del transbordador por dentro. Creí haber ganado su
confianza cuando me dieron la responsabilidad de poner en hora el reloj de la
cocina. “ El ambiente dentro del módulo, según su testimonio, se fue
recrudeciendo con el paso de los minutos. “Estábamos a punto del despegue y vi
a mis compañeros bien pertechados, atados a su asiento con cinturones con cinco
puntos de anclaje y girando diales con la seguridad de un jubilado que lleva
oyendo la misma emisora desde que hizo la comunión. Les pregunté que si debía
sentarme y ellos, con sorna, me indicaron una silla de nea de un rincón. Creí
que un guitarrista flamenco se nos uniría en cualquier momento y de ahí la
presencia del rústico asiento, pero que va. Me vi agarrado al áspero asiento
durante el despegue y a duras penas mantuve los empastes en su sitio”
El menoscabo de sus capacidades resultó patente desde el
primer instante, tal como se desprende de su valiente relato. El atropello se
produjo poco después. “No habíamos gastado ni la primera bombona de zutano
cuando el comandante de la misión, Dimitriv Rostropiedrich, me llamó a su
despacho. Allí me comunicó que mis servicios no serían necesarios y me hizo
firmar mi baja y a prestarle veinte rublos. Desde ahí temí que me dejarían
abandonado a mi suerte en la primera estación espacial que nos cruzáramos. Un
compañero de promoción lleva en el Apeadero Espacial Interprovincial desde hace
seis años. Por suerte es un manitas y ha terminado abriendo un local de arreglo
de calzado. Pero a mí me sacan de reintroducir en la atmósfera toneladas de
metal con el pulso de un director de orquesta y no sé hacer otra cosa.”
No alcanzo a adivinar si esta estancia le habría deparado
mejor suerte o, al menos, una indemnización de más días por años en órbita. La
resolución para con Paprika fue fulmintante. “Abrieron la portezuela a la
altura de Barrajoz. Por suerte todavía volábamos a baja altura y aprovechando
un ceda el paso en una rotonda me dejaron en el arcén. Lo más cercano que
encontré fue un apartado local coronado por un corazón luminoso y, esperando
hospitalidad y comprensión, me alojé por unas noches allí, a la espera de poner
en orden mis pensamientos.”
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Dramatización pictórica del fatal aterrizaje forzoso. |
Me encontré con Paprika en ese local al entrar a llamar por
teléfono. Me conmovió su caso y he decidido guiarlo en este espinoso asunto
legal contra la National Astronautic and Pirotecnical Asociation. Los derechos
de estos navegantes estelares no pueden ser pisoteados. No por ellos, si no por
todos esos niños que sueñan con ser astronautas futbolistas para dar patadas al
balón en gravedad cero.
Me despido con una reflexión del astrofísico, filósofo y
erudito Dieter Palanqueta: “Si hay más sitio en el espacio, ¿por qué tiene que
estar tan pegada la escandalosa de mi vecina al cabecero de mi cama?”. No dejen de mirar las estrellas.
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