- Estos parajes pueden parecer un bruto esbozo de la nada en su significado más absoluto, un entorno tan hostil como pudieran serlo profundos manglares o salas de espera de oficinas de correos. Pero a fuerza de observar con prismáticos la nevada realidad, sin tentadoras ventanas encendidas que puedan distraer el ojo voyeur, constatamos como este entorno esta lleno de vida. Bienvenidos a Montañeros. Hoy, el Klimajara.
- Tradicionalmente este ha sido un lugar tranquilo, alejado de los tumultos humanos, donde raras especies animales han venido haciendo lo que tradicionalmente vienen haciendo raras especies animales, como triscar, aparearse o negociar con Letras del Tesoro a bajo interés. Pero el ritmo de los tiempos ha cogido a los escasos habitantes del lugar con el paso cambiado.
- El ansia por descubrir mundo y los puentes festivos largos han desplazado a una serie de individuos de escasa catadura moral a estas tierras elevadas. Hay tenemos uno de los vecinos originales de la zona, vamos a preguntarle cosas como si no existiera un mañana. ¡Buenos días caballero!
- Buenos días, ¿qué son ustedes, de la tele?
- De la tele escrita por internet, sí señor.
- Cosas más raras tiene la capital.
- ¿Qué tal por la cordillera?
- Pues ya ve usted, esto siempre ha sido un sitio tranquilo y ahora, mire usted, por aquí ya pasea cualquiera.
- ¿Y esto a qué es debido?
- Pues no lo sé, porque como vivo solo me monto en la cabeza teorías muy peregrinas que lo mismo le digo a usted que han bajado de platillos y usted me lo saca por la tele y me llaman de loco. Pero supongo que llegarán en autocares.
- ¿Qué hay por aquí que los pueda atraer?
- Un momento.
- ¡Pues no sueltes la cuerda azul y cuidado que llueven piedras!
- Lo que tengas que decir despacito, que pronto me enfurruño y agarro el canasto de las chuflas.
- Ya ve usted, todo el día así, que uno ni duerme, ni descansa ni ganas que le falten.
- ¿A qué se dedica usted?
- Pues yo soy hombre de las nieves desde que mi padre lo dejó porque estaba harto. Me quedé con el puesto y ya ve, claro, que ahora no hay misterio ni nada.
- ¿Es cierto que usted se encarga de la vigilancia del lugar?
- Hombre, yo cierro los grifos por la noche y reviso el candado de la entrada si me levanto de madrugada. De ahí a vigilar...pero vamos, que sí.
- ¿Qué opina entonces de la situación?
- Que tino tienen preguntando ustedes los de la tele, se notan los estudios y las enseñanzas recibidas. Pues me parece fatal, porque yo ya también he llegado a mayor y entre la ciática, la próstata y los contubernios judeomasónicos me viene todo pues tirando a malamente.
- ¿Podemos entrar a su cueva?
- ¡Amos, claro!
- Pues está muy bien esto hombre.
- Sobre todo aquí es donde hago vida. Más adentro cae a plomo una gruta de unos cien metros de profundidad y claro, para guardar trastos está bien, pero no entro mucho no vaya a ser que me caiga.
- ¿Nos enseña su nevera?
- ¿Se quedan ustedes a comer?
- Ya nos gustaría, otro día...
- Hombre, que las alimañas de la nevera son para mí, que para ustedes le arreglo unos macarrones con carámbanos o algo.
- Que nos tenemos que ir.
- Pues nada, esta es mi casa. Si van a venir otro día avisen y me pongo algo encima.
- Gracias por ponerse la cartulina negra en sus posesiones.
- No son ustedes los primeros reporteros en subir.
- Buenos días y suerte.
- Adiós majos.


















