Sabios, estudiosos y en general todo aquel con un palmo de frente que gusta de encerrarse en un cuartito para estrujarse las neuronas han tenido un objetivo que les ha hecho arrojarse de la cama por las mañanas. Empezando por los señores de una edad media, empecinados en dar con la piedra filosofal, que terminaron usando de pisapapel por la inutilidad del mismo, hasta esos listos de hoy en día que permitan que los bits vayan de vacaciones por un cable finito. Pero hasta hoy los empollones con gafas tenían una asignatura pendiente: un crecepelo eficaz.
Al igual que otros descubrimientos importantes de la humanidad, como la penicilina o el video beta, Sven Hassenhassen de la Politécnica de Alcaudete dio con la solución casi por casualidad. Según sus declaraciones, cierta mañana a la hora de los churros, su vecino, de profesión circense, le pidió que cuidara de su elefanta Matilda mientras iba al estanco a comprar bacalao. Perdió al paquidermo unos segundos de vista, justo el tiempo que necesitó el elefantito en llegar a la cocina y hacer limpieza. Reprendiendo al animal por su actitud con un catálogo de supermercado enrollado, rescató su exprimidor. Siniestro total. ¿Iba a faltar a su cita diaria de zumo de coles de Bruselas?. Echó mano de su cabeza, no para pensar, sino para reemplazar el electrodoméstico. El doctor Sven no sabía las consecuencias de estrujarse este asqueroso vegetal, para algunos una verdadera chapuza de la naturaleza, en su reluciente calva.
Horas más tarde y en mitad de una clase de “Analogía del pensamiento cenutrio” de primero, Sven notó algo raro en la cocorota. “Una especie de picor mezclado con la misma sensación que produce explotar las burbujitas de un plástico de embalaje”. En pocos segundos, Sven, calvo vocacional, lucía una tupida cabellera oscura. “Tremendo susto que me llevé” declara el único alumno pelota que asistía a clase.
Lejos de querer enriquecerse con el hallazgo, Sven ha declarado a un medio afín ( a fin de cuentas, somos todos iguales ) :“Quiero compartir este remedio con los alopécicos del mundo, somos primos-hermanos en la desdicha de la sequía capilar”. Conocidas firmas del mundo del embotellamiento de mejunjes se han puesto manos a la obra, cultivando coles hasta en los calcetines de los ejecutivos. “Nos parece muy filantrópica la actitud de este genio, pero nosotros vamos a cobrar el litro de jarabito a riñón el litro” declaró William Sotana, director comercial de SoplaCola al primer pobre calvo con el que se cruzó.

Sin embargo, según los expertos en este y otros asuntos que se apresuran a dar su opinión sin que le pregunten, este tratamientos no debería realizarse sin control médico. Un suceso ha venido a darles la razón: un señor de Jaén usó el “Cocacoles de Bruselas”, comercializada por Refrescos Viuda de Agustín, en sus cejas, sin que las autoridades hayan aclarado si lo hizo por llamar la atención o por ser un manazas. Tras el rápido efecto, y para no tropezar con ellas, ha debido anudarse las cejas a la altura de los riñones, tendencia estilística que ha sido ya imitada en las pasarelas de moda de Millán y Tarcelona. La reacción del defensor de la col de Bruselas no se ha hecho esperar. Citando los derechos de sus defendidos ha puesto el grito en el cielo, procediendo a quedarse afónico segundos después, gesto muy agradecido por los presentes.
Informó Jacinto Cospio, Decano del Colegio de Médicos Hirsutos de Guardalajarra.


